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martes

De la especie animal y humana



He salido esta mañana a pasear por mi pueblo, he asistido a un concierto popular en el auditorio municipal y luego me he encaminado hacia el monte. Al pasar por una empinada calle que sube hasta el cementario, ya en zona de pinos y roquedos, he observado que todo el campo que había a su derecha, antes desierto y asilvestrado, ahora era todo un barrio de viviendas. Iba con la idea de pasear entre las flores, ya que ha llovido hace poco y empieza la primavera, y los campos se llenan entonces de preciosas margaritas y ababoles, pero no he podido hacerlo, un barrio de casas me lo impide ahora, y hace apenas mes y medio que estuve por allí y no había nada que me hiciera presentir ese cambio, tierra fértil, flores y hierba por asfalto, ladrillos y cemento. Por simple lógica esto asusta. O debiera asustar, ya que parece que casi nadie prefiere darse cuenta de estos acontecimientos. Si cada vez más se toma de la naturaleza sin devolverle nada a cambio, si cada vez más se intercambia tierra y vida por asentamientos urbanos, hasta un niño se daría cuenta de que su gran pastel de fresa acabará por desaparecer trozo a trozo, en cuestiones de economía y de ecología casi todo es un estado de cuentas.

La especie humana es la única que no es controlada por su propio entorno. Todos los demás seres vivientes son controlados de una u otra forma, por las dificultades de los territorios o por las interacciones de competencia con otros seres vivos, el hombre no, él se ha resuelto como la única especie adaptable sin competencia. Pero, entonces, se pregunta uno, si en la naturaleza todo tiende al equilibrio dentro de sucesivos procesos de creación y destrucción y el ser humano es parte ineludible de la naturaleza, en dónde está el proceso que contribuye a restablecer el equilibrio de su sinrazón? Desgraciadamente para nosotros como animales humanos la respuesta está en la autodestrucción. El único modo previsible de que las acciones del hombre dejen de tener esos disparatados efectos unilaterales reside en sus propias capacidades de invasión para con él mismo y lo que verdaderamente le sustenta.

Esta mañana también me ha sucedido otra cosa reseñable, me pareció haber perdido mi cartera y mi libreta de ahorro, o mejor dicho, en prinicipio pensé que me las habían robado, muy profesionalmente, eso sí, porque no me dí cuenta de nada hasta ese momento. Tomé mi camino a casa algo desconcertado intentando analizar con calma qué me podía haber pasado. La verdad es que estaba algo cabreado, sobre todo después de haber visto lo que eran capaces de hacer las corporaciones inmobiliarias en poco tiempo con media montaña y también de contemplar el lastimoso aspecto de esa parte del monte con tierras degradadas, acampadas transeuntes, montones de escombros y basuras por doquier, entre flores, eso es cierto, pero esto último no habría que achacárselo a la actividad humana, sino a los efectos de la natural primavera. El caso es que llegué a casa y ví mi cartera sobre la mesa de la entrada, se me había olvidado cogerla al marcharme, algo de lo que no estaba seguro, aunque no apostara por ello, pero lo que sí extravié con certeza fué la libreta, que no estaba por ninguna parte, y debía de haber sido durante mi estancia en el auditorio, pues estaba todo a oscuras y al salir de ahí fué cuando me dí cuenta de su ausencia. Así que me dispuse a tener paciencia y llamar por teléfono en cuanto lo abrieran el próximo lunes. Estaba en esos pensamientos y malestares cuando sonó el teléfono. Pensé que era mi madre, pero no, era una señora que preguntaba por mí y me decía que su padre, paseando por los alrededores del auditorio había encontrado una libreta y que, al poner mi nombre, me había buscado en la guía telefónica para llamarme. Le dije que sí, que la había perdido, y que muchas gracias, que pasaría luego a recogerla. Esto me hizo meditar también sobre la tantas veces olvidada buena disposición del hombre en general.

Cómo se puede entender entonces el que personas con buenas entrañas como éstas formen parte unitaria de lo que llamamos una sociedad autodestructiva? Pienso que ahí radica la auténtica contradicción y, por qué no decirlo ahora, esperanza de la Humanidad, en la sustancial base buena (generativa o constructiva) que, del mismo modo que la parte mala (degenerativa, destructiva) aunque a mi entender abundante en mayor medida, constituye el fondo o la base de nuestras almas (acciones derivadas del interior, o de las entrañas). Eso es lo que efectivamente puede hacer del ser humano un privilegiado entre los de la creación, o un monstruo, su capacidad de trascender la condición de espécimen animal egoísta y comportarse como una Persona, o como un inconsciente animal degenerado. Consciencia, pues, y no Ignorancia es la clave de la pervivencia humana.