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viernes

no me cuentes cómo pasó



para las tardes de algunos días hace ya tiempo que la televisión estatal programa una serie de entretenimiento con afanes testimoniales; esa serie está bien trabajada, el reparto, la escenografía, la realización, los efectos, el montaje, pero carece de columna vertebral, de argumento, o mejor dicho, de argumento convincente; su guión, que consecuente con su título viene a resultar el leit motiv de toda ella, gira en torno a lo que parece haber sucedido entre los últimos años del franquismo y la transición en España, es decir, los añorados años 60 y quizá (si la audiencia se lo permite, que lo hará) 70; años míticos en nuestra historia reciente en contraposición al relleno vacío actual, pero resultante, en armonía con lo anterior, como vacío de contenido, sin una substancia clara, sin el meollo que ate y que te agarre, aquello que es fundamental en toda obra escénica que se precie, el guión, señores, el guión, la credibilidad, la buena literatura discursiva en vena.
Todo lo que consiste esa serie se reduce a una seductora retahíla de tópicos típicos, anuncios comerciales, recopilaciones de grandes éxitos y postales de antaño, con cruzadas referencias a consabidos acontecimientos, el equipo del programa sabe que no tiene por qué molestarse en hacerlo veraz y creíble, con que sacuda las nimias emociones de lo popular ya es suficiente, no importa que todo suene a una tramoya dentro de otra tramoya, el aspecto es atractivo, la apariencia es lo que importa, es un juego de clichés y luces de colores tomando la palabra de nuestra historia. Que por su entretenimiento entretiene es posible que sea cierto, pero que también termina de alienar y manipula es tan cierto como que no es el único que lo intenta y que lo logra, bienvenido a la red de la penúltima mentira, bienvenido a la farsa de la enajenación. Cuéntame cómo no fue, no me cuentes cómo pasó.


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